martes, 1 de marzo de 2011

Capítulo 10# Dos palabras.

“Por favor, Dios, dame paciencia porque me va a hacer falta.”

Nunca he sido creyente, pero este es uno de esos momentos en los que necesitas nombrar a cualquiera para pedir algo imposible.
Ha pasado ya un mes desde que Yerai y yo nos conocimos y comenzó nuestro secreto. Pero hace tiempo que empecé a sentir remordimientos por ocultárselo a Luis y Candy, aunque esto él no lo sabe. Por eso estoy pensando en que será mejor que ellos lo sepan pronto.

Además nuestros encuentros cada vez se complican más. Yerai tiene que trabajar además de los estudios, y yo al igual que él tengo que estudiar, y Candy me rapta muchas veces en estos últimos días. O Luis me invita a su casa o cualquier otro lugar, una invitación que no puedo rechazar.

Aprovechamos cada segundo que tenemos libres para estar juntos, pero la mayor parte suelen ser en el instituto y acaba apareciendo alguien. Y la última cosa y la que más cabreada me tiene son Sara y Lucía, no las soporto.
No se despegan de Yerai, aunque les ha dicho muchas veces que no les interesa estar con ellas.

Sí, lo que siento son celos, lo sé a ciencia cierta desde que Lucía comenzó a flirtear con Yerai, pero no puedo evitarlo. Le quiero, me he vuelto totalmente dependiente de él como lo es la Luna de la Tierra o una planta del Sol.

Nunca se lo he dicho, y tampoco he escuchado unas palabras parecidas de sus preciosos labios, pero creo que ya es el momento de afrontar mis miedos.

“¿Estás libre esta tarde? Tengo una sorpresa para ti.”

Enviar.

Un mensaje recibido.

“Para ti por supuesto. Uuhh ¿qué sorpresa? Me pica la curiosidad. Dime hora y lugar y ahí nos vemos, en cinco minutos termino de trabajar.”

“Okay. Nos vemos a las cinco en la puerta del parque de siempre, no me falles. Besos.”

Mensaje enviado.

“Hora de afrontar mis miedos.”

Esperemos que el resultado sea el esperado.



Y diez minutos después aquí estoy, esperando a Yerai en la puerta de nuestro parque particular. Pero esta vez es especial, porque la sorpresa que voy a darle no la conoce nadie y espero que sea igual de especial para él como para mí.

-¡Hey, Ari! –corre hacia donde me encuentro, con el pelo negro desordenado y las mejillas encendidas por la carrera.
-Hola. ¿Qué tal el trabajo? –sonrío acercándome a él y apartándole unos mechones de los ojos.
-Entretenido como siempre. Pero no me distraigas, ¿cuál es la sorpresa?
-Eres un poquito impaciente –me río- Pronto sabrás que es, pero para eso tienes que vendarte los ojos.

Saco una venda negra de mi bolsillo y se la enseño, provocando que su expresión pase de la estupefacción a la burla.

-¿Tan secreto es que no puedo ver el camino?
-Exacto –me coloco a su espalda atándole la venda sobre los ojos y sujetándole la mano para guiarle durante el trayecto.
-Esta bien, ¡pues vamos!

El paseo atravesando el césped o siguiendo los caminos de piedra me trae muchos recuerdos de mis tardes solitarias en busca de una tranquilidad casi extinguida en una ciudad como esta. Y entonces es cuando encontré mi lugar secreto.

-Hemos llegado.

Cierro la puerta de rejas y le quito la venda dejándole delante de una vista de película: un pequeño recinto lleno de césped verde brillante, menos un círculo en el centro en el que se alza una fuente descuidada y con aspecto de no funcionar desde hace bastante tiempo.

-¿Esta es la sorpresa?
-Sí…Eres la única persona a la que he traído aquí, nadie más lo conoce, ni tampoco un solo alma pone un pie por este lugar. Pensé que podría gustarte…
-Es…precioso, nunca antes había visto nada igual. –me coge la mano sonriendo- Es una gran sorpresa, me gusta mucho. Nuestro sitio secreto.
-Me alegra oír eso –sonrío también, entrelazando mi mano con la suya sin ninguna intención de soltarla en todo lo que queda de tarde.

Y así es. Toda la tarde juntos como había esperado. Estamos tumbados en el césped y cuando empieza a oscurecer y se pueden divisar las primeras estrellas pienso que es el mejor momento para dar rienda suelta a los sentimientos.

-Estas muy callado ¿en qué piensas?
-Nada importante. Sólo en como se sentirá toda esa gente sola o la que no le importa nada más que el que dirán. Cómo se sentirán al no tener a nadie especial a su lado.
-Quién sabe…
-Ellos lo saben –ríe- pero lo que no saben es lo que se están perdiendo.

Me acerca más a él quedando los dos apoyados sobre un codo, uno enfrente del otro y sin ni siquiera un milímetro de espacio entre nuestros cuerpos.
Mi valentía se ha evaporado como supuse, pero es ahora o nunca.

Concentrándome en mirar nuestras manos en vez de sus ojos cojo aire y digo casi en un susurro las dos palabras que tanto deseaba pronunciar hace mucho tiempo:

-Te quiero…

Entonces es cuando le miro a los ojos, pero no puedo contemplarlos durante mucho porque me besa efusivamente, acompañando el beso con su propia respuesta:

-Te aprecio, mucho.

No me esperaba dos palabras como las mías, pero viniendo de él para mi esas simples palabras son suficientes. Quizás si he conseguido el resultado esperado.

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